Las Lealtades Mal Entendidas

Lealtades · Decisiones · Relaciones · Sistemas

Un marco para comprender cómo ciertas lealtades y expectativas condicionan nuestras decisiones. A veces pesan sobre lo que elegimos; otras, hacen que algunas opciones ni siquiera lleguen a existir para nosotros.

Todos somos leales

Nuestra vida no se decide en una hoja en blanco. Crecemos escuchando voces, reglas, expectativas, deseos y juicios sobre lo que se supone que debemos hacer, sentir y ser. Algunas llegan de la familia, otras de los amigos, del trabajo, de la cultura o de los relatos con los que crecemos. Con el tiempo, esas voces pueden interiorizarse hasta confundirse con la nuestra.

La teoría de Las Lealtades Mal Entendidas (LME) parte de un principio sencillo: todos somos leales. La pregunta relevante es a qué y a quién somos leales.

Podemos ser leales a personas, familias, empresas, amigos, parejas, valores, ideas, tradiciones, roles, compromisos, identidades y también a nosotros mismos. Y cuanto más importante es una decisión, más probable es que varias de esas lealtades estén activas al mismo tiempo y no todas apunten en la misma dirección.

En contextos profesionales, esas lealtades pueden entrar en conflicto con responsabilidades y criterios que también sentimos propios. Un fundador puede sentirse leal al legado que ha construido y, al mismo tiempo, saber que la siguiente generación necesita espacio para encontrar su lugar. Un consejero puede sentir que su criterio choca con la lealtad hacia quien impulsó su nombramiento. En una empresa familiar o en un consejo, muchas decisiones difíciles no enfrentan lealtad y deslealtad, sino varias lealtades legítimas que no pueden satisfacerse a la vez.

Llamo Lealtades Mal Entendidas a aquellas lealtades que, por lo que significan para nosotros y por la forma en que las interpretamos, dejan de ser una referencia que podemos examinar y elegir y se convierten en un lastre que estrecha y condiciona nuestra capacidad de decidir.

Pueden nacer de una exigencia externa, una expectativa, un deseo ajeno, una tradición, un rol, una deuda que sentimos, una norma social o algo que nadie nos ha pedido pero que nosotros mismos nos hemos autoimpuesto.

Una LME no se reconoce por su coste. Una lealtad perfectamente legítima puede exigir grandes renuncias y seguir siendo plenamente nuestra. Tampoco se convierte en LME simplemente porque proceda de otra persona. Podemos escuchar una expectativa ajena, examinarla y decidir hacerla propia.

La cuestión es cuánto de esa lealtad hemos podido ver, cuestionar y elegir.

Una misma lealtad puede incluso cambiar de naturaleza sin que cambie la conducta exterior. Mientras opera desde el automatismo, el guion o una necesidad que no estamos viendo, puede funcionar como una LME. Cuando la hacemos consciente, recuperamos las opciones, comprendemos suficientemente qué la sostiene y decidimos mantenerla, pasa a ser una lealtad elegida.

LOS TRES NIVELES DE UNA LEALTAD MAL ENTENDIDA

Elaboración propia

Una Lealtad Mal Entendida puede entenderse en tres niveles.

Nivel 1. Lo que se ve: la LME.
Es la situación concreta que hoy condiciona una decisión: no decepcionar a la familia, no contrariar al jefe, sostener una relación, cumplir una promesa, pagar una deuda emocional o actuar como creemos que corresponde a nuestro rol.

Nivel 2. Lo que la sostiene: el mecanismo.
Por debajo aparecen patrones, creencias, guiones, expectativas, autoexigencias, deudas, el qué dirán, el miedo a decepcionar, la necesidad de complacer o el juez interior. Son mecanismos que dan a determinadas voces un peso que quizá no daríamos desde otro lugar.

Nivel 3. Lo que no se ve: la necesidad profunda.
Más abajo están necesidades humanas como pertenecer, ser queridos, aceptados, reconocidos, vistos y valorados, y sentir seguridad y dignidad.

Las necesidades no son el problema. Todos las tenemos. La cuestión es desde dónde y de qué manera intentamos satisfacerlas.

Una misma necesidad puede estar detrás de LME muy distintas. Hoy puede activarse con la familia de origen y mañana con la familia política. Con un jefe y después con otro. Con una pareja y más adelante con la siguiente. Cambia la persona o la situación, pero puede permanecer intacto el mecanismo.

El circuito de las LME

Los tres niveles no funcionan de forma independiente. Forman un circuito.

Cuando una necesidad se vive desde la carencia, ciertos patrones y creencias pueden hacer que una expectativa, una deuda o una exigencia adquieran un peso desproporcionado. Cumplir esa lealtad puede darnos precisamente algo de lo que buscábamos: reconocimiento, afecto, armonía, pertenencia, aprobación o simplemente alivio.

Y ahí aparece la trampa. Ese bienestar temporal puede confirmar la idea de que esa es la forma de conseguir lo que necesitamos

Si cedo ante una figura de autoridad y recibo reconocimiento, puedo reforzar la asociación entre ceder y sentirme valorado. Si cumplo el guion familiar y evito el conflicto, puedo confirmar que pertenecer exige cumplir. Si me pliego a los deseos de una pareja y así me siento querida, puedo reforzar la idea de que esa es la vía para recibir afecto.

La satisfacción es real, pero puede ser temporal. Si la necesidad profunda sigue sin resolverse, el circuito queda preparado para volver a activarse. Por eso resolver una Lealtad Mal Entendida concreta no significa necesariamente desmontar el mecanismo que la produce. No basta con cortar una rama si la raíz sigue intacta.

Podemos dejar un trabajo y encontrar otro jefe que active exactamente la misma necesidad de reconocimiento. Terminar una relación y reproducir el mismo patrón en la siguiente. Aprender a poner límites a nuestra familia y descubrir después que hacemos lo mismo con otra persona o grupo.

EL CIRCUITO DE UNA LEALTAD MAL ENTENDIDA

Elaboración propia

Cuando la LME entra en una decisión

Las Lealtades Mal Entendidas pueden condicionar una decisión mucho antes del momento en que decimos «elijo esto». Influyen en aquello a lo que prestamos atención, en la información que buscamos, en cómo interpretamos lo que ocurre y, sobre todo, en las opciones que nos permitimos considerar.

A veces una LME hace que una alternativa nos parezca demasiado costosa. Cambiar de carrera deja de ser cambiar de carrera y se convierte en decepcionar. Poner un límite se convierte en abandonar. Votar en contra se convierte en morder la mano que nos ayudó. Elegir distinto se convierte en traicionar.

Pero existe un condicionamiento todavía más profundo. Hay posibilidades que no descartamos después de analizarlas. Ni siquiera llegan a existir en nuestro mapa mental.

Alguien puede incorporarse automáticamente a la empresa familiar sin haberse permitido explorar otras posibilidades profesionales. Una persona puede seguir durante años un camino vital porque nunca contempló que pudiera haber otro. Un consejero puede no llegar siquiera a preguntarse si votaría distinto de quien le abrió la puerta. El condicionamiento más profundo no está en la opción descartada. Está en la que nunca llegó a formularse.

Una primera comprobación consiste en eliminar mentalmente la voz, la expectativa, la deuda o la exigencia que pesa sobre nosotros, manteniendo dentro de la ecuación a la persona, el vínculo, sus necesidades reales y las consecuencias reales de nuestra decisión.

Y preguntarnos: ¿Elegiría lo mismo?

Y, todavía más importante: ¿Me plantearía las mismas opciones?

La segunda pregunta permite detectar algo que la primera no siempre muestra: aquello que ni siquiera nos habíamos dado permiso para pensar.

Consciencia no es libertad

Hacer visible una LME es el primer paso, pero no resuelve automáticamente el problema. Podemos comprender perfectamente que buscamos reconocimiento de un jefe, que estamos intentando evitar el rechazo de una familia o que nos plegamos a una relación por miedo a perder afecto y seguir haciendo exactamente lo mismo.

La consciencia permite ver el mecanismo y recuperar opciones. La consciencia, por sí sola, no es libertad.

Ser libres exige poder contemplar esas opciones de verdad, asumir que tienen consecuencias, responsabilizarnos de la elección y tener el coraje suficiente para soportar el coste de aquello que decidamos. Eso implica también mirar de frente las alternativas incómodas, valorar su precio y decidir si estamos dispuestos a asumirlo.

Y elegir libremente tampoco garantiza acertar. Podemos tomar una decisión plenamente nuestra y descubrir después que calibramos mal, que la ejecutamos peor de lo previsto o que sucedieron cosas que no podíamos anticipar.

Una mala consecuencia posterior no convierte retrospectivamente una decisión libre en una Lealtad Mal Entendida.

De la LME a la lealtad elegida

Hacer consciente una lealtad no obliga a romperla.

Una vez que podemos verla, comprender qué la sostiene y recuperar nuestra capacidad de elegir, existen distintas posibilidades.

  • Podemos volver a elegirla, ahora con convicción y no por inercia.
  • Podemos renegociarla, manteniendo el vínculo pero modificando sus términos.
  • Podemos reordenarla, dándole un peso distinto frente a otras lealtades.
  • O podemos soltarla si, una vez examinada, decidimos que ya no queremos sostenerla.

La conducta exterior puede terminar siendo exactamente la misma que antes. Lo que cambia es la autoría. La clave no está en romper lealtades. Está en poder elegirlas y ordenarlas.

Llegar a la raíz

La idea original de este trabajo nació bajo el nombre de Loyalty Rewired: reconstruir aquellas lealtades que estaban mal construidas. De ahí mantengo el término rewiring para referirme al trabajo que va más allá de resolver una LME concreta y busca comprender el mecanismo que la genera.

Consiste en tirar del hilo hasta identificar qué patrón o creencia está operando, qué necesidad profunda intenta satisfacer y por qué hemos aprendido a satisfacerla de esa manera.

La pregunta no termina en «¿por qué cedo ante este jefe?». Continúa: ¿qué obtengo cuando cedo?, ¿qué necesidad estoy intentando satisfacer?, ¿por qué su reconocimiento tiene tanto poder sobre mí?, ¿qué creencia sobre mi propio valor está operando?

Llegar a la raíz permite construir otras formas de satisfacer esa necesidad y reducir la probabilidad de que una nueva persona o situación active otra vez el mismo circuito.

En ese proceso hay una idea que para mí es central: estar en mí. Significa construir una base suficientemente sólida para que el reconocimiento, el afecto o la pertenencia externos no sean la única vía para sentir valor, seguridad o dignidad. Seguiremos queriendo ser queridos, reconocidos y aceptados; la diferencia está en no entregar a una expectativa externa el monopolio sobre una necesidad profunda.

Reconocer, entender y poder elegir

Las Lealtades Mal Entendidas aparecen en decisiones vitales, relaciones personales, familias empresarias, sucesiones, equipos directivos, consejos de administración y grupos de pertenencia. Cambian el contexto, el vínculo y el coste, pero la lógica puede ser la misma.

Además, no somos únicamente receptores de estas lealtades. También transmitimos expectativas, frases y guiones que otras personas pueden interpretar como obligaciones. Lo que para nosotros es una opinión inocente puede pesar de forma muy distinta para un hijo, un colaborador o alguien sobre quien tenemos autoridad.

Por eso esta teoría invita a mirar en las dos direcciones: qué voces están condicionando nuestras decisiones y qué parte de nuestro propio guion estamos convirtiendo, quizá sin darnos cuenta, en el guion de otros.

Las Lealtades Mal Entendidas nacen de una pregunta aparentemente sencilla: ¿A qué y a quién estoy siendo leal cuando decido?

Su propósito no es ofrecernos la decisión correcta. Es hacer visible aquello que, si permanece oculto, puede decidir por nosotros.

Reconocer. Entender. Poder elegir.

De los marcos a la práctica

Estos marcos propios forman parte de mi forma de trabajar ante decisiones complejas, negociaciones difíciles, conflictos y cuestiones de estrategia, gobierno y relaciones. Me ayudan a entender qué está ocurriendo realmente, hacer visibles los factores que operan por debajo de la superficie, ampliar y ordenar las opciones y conducir las conversaciones necesarias hasta convertirlas en decisiones más sólidas, acuerdos y mecanismos que puedan llevarse a la práctica.

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Lo que vemos no nace de la nada

Una Lealtad Mal Entendida puede entenderse en tres niveles.

Nivel 1. Lo que se ve: la LME.
Es la situación concreta que hoy condiciona una decisión: no decepcionar a la familia, no contrariar al jefe, sostener una relación, cumplir una promesa, pagar una deuda emocional o actuar como creemos que corresponde a nuestro rol.

Nivel 2. Lo que la sostiene: el mecanismo.
Por debajo aparecen patrones, creencias, guiones, expectativas, autoexigencias, deudas, el qué dirán, el miedo a decepcionar, la necesidad de complacer o el juez interior. Son mecanismos que dan a determinadas voces un peso que quizá no daríamos desde otro lugar.

 

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