Paula Almansa

Empatía y asertividad: un binomio ganador frente al conflicto

Cuando hablamos de conflicto imaginamos un encuentro desagradable y destructivo de las relaciones humanas. Sin embargo, creo que no hay mejor oportunidad de crecimiento que a través del conflicto gestionado adecuadamente.

Pienso en las personas a las que admiro personal y profesionalmente, que son queridas y respetadas y me pregunto: ¿cómo gestionan sus conflictos?; ¿por qué unas personas crecen y otras entran en bucle?

Creo que el secreto del éxito personal y profesional está en tener simultáneamente empatía y asertividad y encontrar un sano equilibrio entre ambas. Ese es el reto.


Empatía, como la capacidad para ponerse en el lugar del otro, entender su comportamiento a través de sus motivaciones, necesidades, miedos y emociones.

No significa estar de acuerdo con el otro ni aceptar lo que propone o trata de imponer sino entender, tener lo que llamo “el mapa”, “la foto” o “el puzle” de la situación y conocer en profundidad mis necesidades y las del otro.

Asertividad, como la capacidad para comunicar aquello que quiero y en lo que creo y hacerlo de forma no ofensiva. De lo contrario sería agresividad.


Aquí está la dificultad:

  • Mucha empatía y poca asertividad hace que ceda y priorice las necesidades ajenas sobre las mías. Podría sentir que “todo el mundo se aprovecha de mí”, “nadie me valora”, etc. y entrar en un círculo vicioso de baja autoestima, escasa creatividad y no hacer propuestas pensando que no van a funcionar, que otro se las va a quedar o que a nadie le interesan.

  • Con mucha asertividad y poca empatía, probablemente me saldré con la mía pero a expensas de las relaciones personales ya que seré percibida como una persona déspota, agresiva o que impone su voluntad. Generar tensión y desconfianza tiene un coste personal y, al final, terminamos rodeados de personas que no se atreven a abrirse y a ser sinceros o de personas que están en el mismo nivel de agresividad.

¿Cómo encuentro ese equilibrio? Comparto algunas consideraciones:

1. Las formas, el cómo además del qué.

Para tener un nivel razonable de asertividad sin dañar las relaciones personales debemos pensar en el cómo además del qué queremos decir. No es lo mismo decir “no me gusta tu propuesta y no te voy a contratar” que decir “te agradezco muchísimo el tiempo y esfuerzo invertidos en esta propuesta aunque no es exactamente lo que buscaba. Podemos comentarlo en detalle para que la próxima vez esté más en línea”.

Es nuestra responsabilidad encontrar una forma adecuada de ser asertivo. Asertividad no es sinónimo de agresividad ni de mala educación. De hecho, es una combinación nefasta.

 

2. Creer en aquello que defiendo.

Necesito creer que lo que pido es justo y la mejor opción que minimice el impacto negativo para otros pero sin que me perjudique a mí.

El equilibrio es delicado porque es imposible contentar a todo el mundo. En algún momento voy a decepcionar a alguien al decir que no. Pero si digo “sí” cuando quiero decir “no” quizás no decepcione a los demás, o sí, pero me estaré traicionando a mí misma. Cuando alguien se siente decepcionado con nosotros quizás no tiene nada que ver con nosotros y es un tema suyo y de sus propias expectativas.

Vuelvo a la responsabilidad. ¿Hasta dónde es mi responsabilidad que los demás estén contentos? ¿Y si lo que me piden no me parece razonable? ¿Y si no les va a ayudar? ¿Y si me perjudica? En algún momento tengo que ser capaz de poner un límite y decir “No”, intentando hacerlo con amabilidad.

 

3. El mundo de las expectativas, las mías y las de los demás.

Es sano preguntarse para quién vivo: ¿para mí o para los demás? ¿Me importa más lo que es o lo que parece? ¿Quién me juzga, yo o los demás? Las respuestas me darán una idea de a quién le doy el poder de gobernar mi vida y mis decisiones.

Podría incluir en esta ecuación otros tantos factores que influyen en el planteamiento y desarrollo de situaciones de conflicto como nuestros sesgos cognitivos de los que puede que seamos o no conscientes, nuestros miedos, nuestra relación con el rechazo o también elegir qué imagen quiero proyectar y ser coherente con esa imagen que he elegido.

Según la situación concreta buscaremos un equilibrio entre asertividad y empatía que nos haga sentir cómodos y respetuosos con nuestras propias necesidades y las de los demás.

 

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